viernes, 2 de diciembre de 2016

EXPOSICIÓN: LOS MEJORES DE LOS NUESTROS: Ana Jiménez. Premio Castilla y León de las Artes


En la recoleta sala de exposiciones del Archivo General de Castilla y León, sito en el precioso, evocador y casi desconocido Palacio del Licenciado Butrón, que antaño formó parte del Monasterio de Santa Brígida, se ha inaugurado hace pocos días una maravillosa exposición que trata sobre la obra de Ana Jiménez, una de las grandes escultoras del Valladolid del siglo XX y que por desgracia nos dejó hace ya casi tres años. La muestra consta de 54 piezas (esculturas, bocetos, dibujos) de los más diversos materiales, pues Jiménez fue ante todo una innovadora y experimentadora. Todas estas piezas pertenecen al amplio legado (518 obras) que donó María Pilar Lourdes Tejedor Pascual, compañera de la artista, al Museo de Valladolid. Es un verdadero gustazo poder disfrutar de esta exposición pues, como ya comenté en la entrada que le dediqué a la propia Ana Jiménez en el blog, es una de las escultoras que más hondo me ha llegado. Finalmente quería dar las gracias a la Junta de Castilla y León por esta magnífica muestra y también animarla a que siga con este tipo de exposiciones que ayudan a recordar a estos artistas vallisoletanos injustamente olvidados. Como no quiero repetir lo dicho en el post dedicado a la artista, los textos que figuran a continuación proceden de los paneles de la exposición.

Ana María Jiménez López nació en 1926 en La Coruña y residió en Valladolid desde los 9 años hasta el momento de su fallecimiento en 2013. Ingresó en la Escuela de Artes y Oficios en 1950 y ya en 1951 obtuvo el Premio Extraordinario en la asignatura de Modelado y Vaciado, recibiendo en 1956 el Premio “Martí y Monsó” por la totalidad de su obra en la Escuela. Junto a los escultores José Luis Medina, Ángel Trapote y Antonio Vaquero se formó en las corrientes artísticas de la posguerra y desde 1964 fue profesora de Modelado en la misma Escuela hasta su jubilación. Desplegó a lo largo de esos años su trabajo docente y su labor escultórica en paralelo y en verdadera relación. Precisamente en la investigación de las formas y de los nuevos materiales con los alumnos, tuvieron lugar algunos cambios importantes en su propia forma de hacer.
El estilo de Ana Jiménez estuvo en constante evolución. Hay en su obra un continuo renovarse y, a la vez, una recurrencia a trabajos anteriores. Las etapas de su creación artística que se perfilan con la perspectiva del tiempo no son capítulos cerrados. Ana Jiménez no renunció a ninguna de sus criaturas: en ocasiones, de un viejo trabajo recibía la motivación para una obra nueva o, simplemente, lo remodelaba para acomodarlo al paso del tiempo. Ella misma dijo: “para mí, el arte es vida, es lo que te rodea trasladado a la materia”.

REALISMO IDEALIZADO Y ECOS DE RENOVACIÓN
En sus primeros años creó retratos y figuras infantiles amables y llenas de ternura, configurando ya sus tipos femeninos de rostros delicados y volúmenes acusados, siempre descalzos: Muchacha sobre la hierba (1955), Niñas del molinillo (1957) o Menina son un ejemplo.
Sin abandonar el lenguaje figurativo, fue incorporando la abstracción y nuevas formas plásticas. Representativa del final de esta época es Al vent del mon (1968), de fuerte contenido simbólico y en la que volvió a trabajar a comienzos de los años 90.
Mujer sobre la hierba (1955)
Niñas del molinillo (1957)
Menina (1957 en adelante)
Al vent del mon (1968)

NEOFIGURACIÓN ORGÁNICA
Llegados los años 70 se interesó por la escultura organicista. Lo puramente figurativo pasó a segundo plano y adoptó como nuevos elementos de expresión las formas y la materia. Esta tendencia se plasmó en sus figuras de animales, en particular en su serie de pájaros, voluminosos y de superficies curvas, de gran expresividad. Estos pájaros fueron un tema recurrente en su obra. Inició la serie con el Halcón (1975), que muestra la gran capacidad de síntesis de la escultora. Le siguió un Pelícano, un Pingüino, un Pájaro y una colección de sesenta pájaros realizados para la firma comercial Novostil (por encargo de José Luis Blanco). Prácticamente desde 1980 la paloma gozó del fervor especial de la escultora.
Palomo (hacia 1980)
En los años 80 volvió a su interés por la figura humana, género en el que Ana Jiménez consiguió las realizaciones más cuajadas y de contenido más profundo: cuerpos macizos llenos de vida, que pertenecen a la tierra y emergen de ella llenos de vida, pero sin terminar de emanciparse de su vínculo. Reconocía la escultora que sus formas procedían de su propia experiencia ante el paisaje de las formaciones graníticas de los berrocales de Ávila. Algunas de ellas las denominó precisamente Ávila (mujer y hombre, 1980), Mingorría (1993) y Berroqueñas (1993). Apuntaban ya hacia este patrón: Ainda Maïs (1980), Sirena (1980) o Castilla II (1982). Se alude a estas obras como figuras-paisaje, en un intento de expresar la integración de las esculturas en la naturaleza y el entorno del que forman parte. La figura del hombre, trabajada ocasionalmente, se materializó en torsos que pugnaban por despegarse de la tierra, cargados de tensiones. La figura femenina, expresión contraria, transmite la comunicación íntima con la tierra, tomando de ella su monumentalidad y grandeza. Ambos son totalmente expresivos en la obra en bronce Torsos, de 1985.
Presentes en toda la etapa están diversos encargos institucionales de carácter conmemorativo. En 1992 realizó La dualidad del actor para los premios de Teatro de la Diputación de Valladolid, una obra abstracta formada por dos mitades que se acoplan.
Mingorría (1993)
Mujer reclinada (hacia 1993)
Las Berroqueñas (1993)
Torsos (1985)
I Congreso Hispano-Americano de Terminología de la Edicación, Valladolid (1986)

FASE EXPERIMENTAL. NUEVOS MATERIALES
Inició una nueva etapa en 1986, cuando se hizo cargo en la Escuela de Artes y Oficios de los Cursos experimentales de volumen y comenzó su propia exploración en nuevos materiales, técnicas y lenguajes formales. Modelados en chapa recortada, hilos de alambre, láminas de plástico, tubos de poliuretano, goma-espuma, lana… le permitían realizar obras de fina sensibilidad, sentimiento poético y hasta un sentido del humor juguetón del humor. De gran contenido poético en Las manos del alba (1988), realizado en tela metálica policromada bajo la sugerencia de unos versos de Pablo Neruda: “déjame sueltas las manos…”.
El Caballito rojo (1993) enlaza con el sentimiento ingenuo y el espíritu libre de Paul Klee; lo tomó como marca o insignia de la Fundación que creó con su propio nombre. Los Pájaros Faik (1992-93), con calidades de esmaltes traslúcidos, en recuerdo a su amigo y artista Faik Hussain.
La serie Formas (desde 1997) o Los visitantes (2004) constituyen un variado muestrario de materiales reciclados.
Sus últimas obras vuelven la mirada a la actualidad y a los problemas del entorno social. Denuncia temas que le preocupan, como la contaminación acústica en la amena composición de figuras que llamó Deliberando en torno al ruido (1993), o la violencia de género, creando su serie sobre Los Malos Tratos (1996 y 2007), con escenas enormemente expresivas, de brillantes colores, con materiales tan elementales como la madera, el alambre o el cartón.
Las manos del alba (1988)
Caballito rojo (1993)
Pájaros Faik I y III (1993)
Formas (1997)
Visitantes (2004)
Deliberando entorno al ruido (1993)
Malos tratos (2007)
Malos tratos (hacia 2007)

RENOVACIÓN Y RETORNO
El primer contacto de Ana Jiménez con la expresión plástica fue el dibujo y fue en su infancia, y continuó siendo el soporte inmediato de su inspiración, plasmada en su imprescindible repertorio de retratos, serigrafías o bocetos para sus obras escultóricas.
En la Escuela de Artes y Oficios descubrió el volumen con el barro y lo tomó como principal vehículo de expresión, concibiendo desde el modelado la mayor parte de sus esculturas. A partir de él realizó vaciados en yeso, piedra artificial, poliéster, broce…
Receptiva y abierta a la experimentación en la materia y la forma, su obra es reflejo de una constante renovación, a la vez que un círculo de retorno para la revisión de temas o contenidos, aunque en 2012 confesó que “La obra a veces no sale, ella te elige a ti”.
El modelo femenino, pero también las figuras infantiles, se significaron como una constante en su peculiar estilo: mujeres, niñas o adolescentes caracterizadas por la solidez y serenidad, y rostros con expresión de ternura y delicadeza. Así encontramos en 1996 las maquetas de la Niña del Columpio y los Bimbis.

Niñas del molinillo (1957)
Niños Bimbis A (1996)
Mujer de Mali
Julia Ara Gil, catedrática de Historia del Arte, ha dicho que la obra de Ana Jiménez ha sido el resultado de una capacidad innata para captar los rasgos esenciales de la realidad que percibía, de una gran intuición para descubrir y plasmar la fuerza vital de la naturaleza y de experimentación y fantasía para crear formas nuevas que la llevaron a terrenos insospechados. Para Ana Jiménez “el arte era la vida”, y así lo expresó a lo largo de toda su vida.